Salud, tabaco y conducta (2/2)
El
fumador necesita sentirse 'normal', persona integrada en la sociedad,
sin que su hábito sea contemplado en absoluto como una droga. Aunque
puede leer el mensaje 'el tabaco puede ser perjudicial para la salud',
¿no lo compra en un establecimiento público? ¿no fuman acaso los
principales agentes sociales que se admiran y valoran? Por eso mismo,
porque es normal, ¿porqué no fumar delante de no fumadores? ¿qué
tiene de malo llenar de humo una sala que puede ventilarse si molesta
a alguien que estuviera ahogándose o acatarrado? ¿por qué iba a
molestar el humo a los comensales vecinos? ¿y el olor porqué es mal
olor si es natural, producido por un vegetal tan ecológico como un
eucaliptos? Y si hay que expulsar una colilla, ¿no se apagará sola
espontáneamente? ¿no es harto improbable que una colilla tirada al
bote de basura pudiera ocasionar un incendio? El fumar es tan familiar
que resulta extraño que a nadie pudiera molestar (a no ser que fuera
un suspicaz o quisquilloso empedernido), por lo que el fumador se hace
gradualmente más atrevido (hasta intentar' por despiste' encender un
cigarrillo en el dormitorio común, la sala de un hospital, en la
visita a una iglesia, un tren, una oficina pública, un velatorio, en
los despachos etc.).
En la medida en
la que los rituales tranquilizadores forman parte del hábito de
fumar, y las sustancias generan adicción, llega un momento en el que
la ansiedad ya está provocada por el hecho de echar de menos fumar, y
esta ansiedad se calma, en un círculo inacabable, fumando de nuevo,
cosa que afianza la necesidad de nicotina. En este momento el fumar,
llamado a la guerra santa contra la ansiedad, y como toda guerra
santa, crea más guerra que paz, más angustia que calma. El poder del
hábito de fumar desaparece - si bien no instantáneamente- no dándole
el alimento que lo engorda. Muere de inanición en un tiempo similar
al de morir de hambre. No dándole nada, como en una huelga radical,
se achica y disminuye. Pero mientras que sin nutrientes realmente
agonizamos, sin tabaco, sin embargo, renacemos, y no es un ir hacia la
muerte sino un venir a una nueva vida. El tránsito de ser fumador a
un nuevo ser abstemio contiene un sufrir confuso, porque no se sabe
bien si es malo matar para hacer vivir a otro o si el nacimiento será
traumático o quién es quién en esta guerra (por ejemplo, ¿quien
sufre? ¿el Yo - abstemio o el Yo -fumador? El sufrimiento que es un
alumbramiento es muy distinto de un sufrimiento que es un desarraigo.
Es una diferencia tan importante como en la dada en la comparación
entre la angustiosa, pero agradable, emoción de llegar respecto a la
angustiosa, pero triste, de ser expulsado. El fumador que está en el
puente que le lleva a una nueva vida sin tabaco puede mirar su sed
frustrada de tabaco como un placer de decir no diciendo sí a un paso
más que le acerca a la otra orilla.
Las emociones más
sublimes nacen de aguantarse otras más elementales en las que se podría
deshacer. El ahorro de no darse al inmediato placer de fumar y dejar
así de lado los inconvenientes de la abstención, edifica una nueva
satisfacción, en la cual nos complacemos en una estima propia, una
sensación de ser coherentes, de saber instalar un equilibrio, un
orgullo mucho más gozoso, un llenarse frente a un vaciarse. Se trata
de placeres que sólo se dan esperando un poco, tolerando un rato
hasta que baja la ola de la ansiedad y sube la de triunfo. Por lo
general el adicto sobre- estima la duración del desagrado que produce
negarse. Lógicamente el deseo de fumar es como un niño que sabe por
experiencia que insistir pesadamente una y otra vez tiene finalmente
una recompensa por extenuación y pérdida de paciencia de los
mayores. También sabe el niño que la fuerza del deseo es muy
persuasiva (tiene muchas ganas, sería muy feliz, le hace mucha ilusión..).
El “NO” desata el furor, la rabieta, una insistencia y una
acentuación momentánea del deseo rechazado y prohibido. Podemos
espantarnos porque todo ese rumor ensordecedor seria insoportable
mucho tiempo. Y ahí está la clave ¿cuánto dura el ruido? ¿cuánto
tiempo resiste el enemigo atacando? Si prevemos un tiempo demasiado
largo, demasiado insoportable, cederemos a esa 'fuerza mayor' si, por
el contrario, prevemos una limitada duración (2, 3 minutos, por
ejemplo), la cosa puede parecer muy distinta, perfectamente
soportable, incruenta, una bagatela. Aunque los momentos de síndrome
de abstinencia son efectivamente momentos y perfectamente superables,
en cambio la inteligencia propagandística, persuasiva y manipuladora
del hábito los presenta como insoportables duraciones.
La extinción
del deseo de fumar plantea el reverso de lo que ha sido su generación:
aunque no fumando esperamos que el deseo de fumar desaparezca, en
cambio nos encontramos con que protesta más que nunca y que lucha con
más astucia retorcida para ganarnos la partida con diabólicos
argumentos tales como: TENEMOS DEMASIADOS INCONVENIENTES; argumento: ``No es humano que si
uno sufre de una manera insoportable por no fumar tengamos que ser tan
crueles.''; falacia:
“El sufrimiento del deseo insatisfecho es horrible, cuando realmente
es menor que un golpecito en el codo”.
NOS PERDEMOS VENTAJAS IMPRESCINDIBLES; argumento: ``Sin fumar
no podríamos ser naturales, estar a gusto con amigos, ni estar cómodos.
Perdemos una condición que ya forma parte de nuestra personalidad y
dejaríamos nada menos que una de los mejores placeres que tenemos'';
falacia: “El placer proporciona un gran placer, cuando la
parte del placer es la más pequeña comparada con la dinámica de la
adicción”.
El tabaco no es
esencial para el desempeño de nuestra vida. La adaptación a vivir
sin tabaco es posible, rápida y sencilla. En la medida que resistimos
el no fumar nos encontramos mejor, no peor, de tal forma que el primer
día de dejar el tabaco sería el peor de todos y después de un mes
hasta nos encontramos felices: EFECTOS COLATERALES; argumento ``Yo lo
dejaría si no fuera que si dejo de fumar engordaré o tendré tanta
ansiedad que eso perjudicaría gravemente mi salud'';
falacia “Si realmente quisiéramos domesticar la ansiedad
podríamos recurrir a sistemas alternativos sanos de control
(ejercicio, tila, actividades, etc.) y de la misma forma vigilar el
peso controlando la conducta.
Las mismas
campañas anti-tabaco, que afean el 'vicio' socialmente, presentando
al fumador un ente débil, irracional y apestoso, haciendo que el
fumar sea vivido con culpa y vergüenza. Este fumador que ha
interiorizado el rechazo suele decir que ``aunque sé que no debería
fumar, reconozco que soy incapaz de dejarlo'', que es un cambio de
tercio respecto al arrogante ``fumo porque quiero''. La simple
recomendación que un bien intencionado dirige al fumador ``deberías
dejarlo, no te conviene'' produce el imperioso deseo de fumar
inmediatamente, antes de que fuera el caso que después ya no fuera
posible hacerlo por alguna especie de persuasión religiosa (al modo
como la estrategia del diablo sería que el alma peque antes de
morir).
También el
conflicto interno ``tendría'' que dejarlo (mi deber ese ese, pero me
resisto) puede provocar un acto urgente de salvación consistente en
fumar para que ``sea tarde'' o ``será mejor empezar mañana''. Una
recaída de un fumador empieza por un cigarrillo. Fumar ese cigarrillo
por el que se pierde lo ya ganado requiere un considerable esfuerzo de
inconsciencia y auto engaño. Y el impulso, hambre de nicotina,
utiliza los más refinados argumentos para cegar nuestra crítica y
deshacer nuestra cautela. Un cigarrillo, 1, sólo uno y ninguno otro más:
esto parece inocente, y sería uno un pusilámine exagerado por
negarse a una cosa tan minúscula. Es tan importante y decisivo para
el deseo de fumar el primer cigarrillo (como la primera cita en el
amor) que 'empezar' debe sonar a 'acabar', y se presenta insistiendo
en que 'será el último', 'pararé', 'ninguno más', y así como al
parecer que se termina de fumar antes de empezar que se puede hacerlo,
porque ya hemos dado por hecho que 'no pasa nada'.
La frase del mes: "hazte responsable de tu cuerpo"