Salud, tabaco y conducta (1/2)
Actualmente
hay una campaña radiofónica que invita a no combinar el ejercicio
con el tabaco. Y es que quizás muchos fumadores caen en la trampa de
justificar su adicción argumentando que también hacen ejercicio. En
realidad ¿Qué nos hace adictos al tabaco?
El tabaco tiene tres tentáculos con los que tomarnos por asalto:
un efecto estimulante, un efecto calmante y un placer por sí mismo.
Como placer es un gusto de reposo, complemento o postre que redondea
un bienestar previo. El cigarrillo después de una agradable comida,
sin prisas, como colofón de lo que los románticos llaman "café,
copa y puro''. El placer
en estos ejemplos se parece mucho a los demás placeres que se
saborean, con tiempo, sin mala conciencia, como regalos de la vida que
no son dañinos en la forma ceremonial que los dignifica (sin
compulsión, con mesura y sin más misión que adornar un momento
agradable).
Este toque positivo del tabaco es, en ocasiones, esgrimido como una
lastimosa gran pérdida si el fumador se plantea el abandono total del
hábito: "¿Voy a perderme ese gran placer, tan razonable y tan
bueno?''.
Siendo 'ese' no se sabe bien si 'el gran' momento o el
pequeño complemento, o si los placeres ya no podrán existir en
absoluto sin esa aparente pequeñez del tabaco, que ausente podría
ser como la vena abierta de un estoico suicida.
En la angustiosa
fantasía del adicto puede equipararse el renunciar al placer cuando
realmente fumar es un verdadero gusto al disgusto de vivir sin un
sabor que fuera esencial al alimento del goce, que desde ese momento
se volvería soso, descafeinado, aguado, apenas cascarilla. Aunque el
fumador puede ver a los no fumadores como capaces de tranquilos
disfrutes, no se aplica a sí mismo ya esa posibilidad, aspirando a
sabérselas arreglar perfectamente, sino que más bien tiende a
confundir el periodo de acostumbramiento a una nueva situación con
una cadena perpetua.
Las propiedades estimulantes del tabaco son muy apetecibles para
personas que tienen un trabajo creativo (compositores, artistas
plásticos, escritores, profesionales del marketing, abogados, etc.) y
favorecer la inspiración, las ocurrencias, las ideas brillantes.
También provoca diálogos más chispeantes, graciosos y ocurrentes en
las reuniones de amigos, tertulias, grupos de discusión, etc. por lo
que el consumo se dispara en esas circunstancias de una forma
exponencial como si el espíritu efervescente y animado buscara la
manera de explotar como unos fuegos artificiales.
El poder euforizante
y deshinibidor del alcohol y la eficacia estimulante del tabaco son
recursos fáciles y no exigen un laborioso método creativo,
disciplina sistemática, auto- conocimiento de los recursos de
motivación ni otras sofisticaciones abstemias, y precisamente por esa
sencilla productividad se pueden instalar en nosotros como
herramientas imprescindibles y condición necesaria para crear y
expresarse.
Pero el tabaco está lejos de quererse plegar a un papel humilde de
colaborador y de forma soterrada, sinuosa, imperceptible comienza una
rebelión en la cual intenta ganar importancia.
Primero alegando la
necesidad de 'tomarse el tiempo para un cigarrillo', luego fumar un
cigarrillo para ayudar a que venga la inspiración, más tarde ir al
otro extremo de la ciudad antes de empezar para adquirir la cantidad
necesaria, luego cada frase requiere su cigarro, porque la lentitud
fumada será premiada por el regalo de las buenas ideas, y finalmente,
instalado el mareo y las nauseas, como una forma digna de dar por
acabada la sesión, la necesidad de tomar un poco de aire fresco, o
porque la intoxicación carbónica altera la materia misma
inundándola de metáforas del mismo habito fumador llevando a cabo la
transformación de poner la creación al servicio del tabaco y no al
revés.
¿Dejaría el pintor de pintar buenos cuadros al dejar de
fumar? ¿Se dejaría de escribir bien sin el recurso del tabaco? ¿Se
podría tener una animada e inteligente discusión sin el hilo
conductor de un cigarrillo detrás de otro? La respuesta es sí,
afortunadamente la producción intelectual y social no depende tanto
del estímulo artificial del tabaco, puede ser suplido perfectamente
por estímulos psicológicos distintos.
Quizá varíen algunas formas, que serán más serenas y menos
compulsivas: se podrá escribir de forma más suave que la accidentada
que producen las interrupciones del fumar y los accidentes de la
ceniza; tal vez se suprimirían los fogonazos irregulares de genio
dando paso a una estabilidad y homogeneidad, a una potencia creativa
de mayor envergadura.
Respecto a lo que hay que medir realmente, la
calidad, permanece. Sin estimulantes se pierde tan sólo una forma de
trabajo, y nos obligamos a un cambio de costumbres.
Podemos poner la
comparación de pasar de escribir con pluma a con una computadora:
mientras estamos habituados al sistema tradicional de la pluma, la
computadora parece más bien un engorro, pero cuando descubrimos las
facilidades sabemos sacarle las ventajas del nuevo sistema, son
recursos y maneras de trabajar.
Los procesos de creatividad están muy
por encima de las técnicas de soporte. Cuando estamos en grupo
tenemos cuerpo y no sólo espíritu. Tenemos que tener unas poses,
sentarnos de una cierta forma, mirar, interrumpir, reír mediante unas
técnicas corporales, una forma de hacer que es nuestra forma externa
de relacionarnos con los demás. De estas posturas corporales forma
parte coger un cigarrillo de una forma que podría ser ya automática,
tal como apartarnos el pelo, o seguir con el pie el ritmo de la
música ambiental.
En este contexto, dejar de fumar nos obligaría a actuar de una
forma nueva. No podríamos, por ejemplo, en una pausa larga encender
un cigarrillo mientras recapitulamos, sino que quizá tengamos que
mirar sin mirar una cara que se encuentre frente a nosotros. Tampoco
podremos ligar utilizando el fumar y el dar fuego como facilitadores,
y puede que, urgidos por la tiranía de nuestras necesidades
afectivas, inventemos frases un poco más elegantes que las socorridas
a las que estamos acostumbrados. Sin la densa nube de una reunión de
conspiradores también se puede conspirar, incluso viendo más
claramente la cara de nuestros cómplices. También podemos disfrutar
de una sesión de Jazz, porque ni el humo realza el sonido ni la
nicotina nos hace captar mejor el sonido.
El tabaco tiene un poder relajante, no muy potente sea dicho de
paso, porque tal vez se requerían algunas cajetillas enteras para
calmar un buen disgusto. Esta propiedad es más descubierta
empíricamente, por experiencia acumulada, que porque fuera un tipo de
relajante tan afamado como la tila para estos fines.
La motivación
para fumar es difícil, por lo tanto, que fuera expresamente esa, sino
que más bien la explicación 'oficial' es "fumo porque me gusta''.
Esta es una inconsciencia muy similar a la de un alcohólico que nos
intentara convencer de que bebía para ser sociable, para no parecer
agarrado ante los amigos que le invitan a una copa, o porque en la
vida hay que darse alguna alegría de vez en cuando.
La parsimonia del
fumar da una salida a la tensión psicomotriz (que es una se las
formas físicas en las que la ansiedad se manifiesta).
Hay que sacar
el cigarrillo, rescatándolo de la presión de sus compañeros en la
cajetilla, vigilando que su fragilidad de tubo de papel conteniendo
hojas trituradas se rompiera por un brusco movimiento. Hay que
encender el cigarrillo con cierta gracia y toque estético-
dignificante.
Las cenizas que, indiscretas, todo lo podrían manchar y las brasas
que pudieran horadar las ropas más preciadas. La mecánica de fumar,
como puede observarse, es lo bastante compleja en sí misma como para
ser considerada 'ceremonia tranquilizadora'.
Fumar en pipa tiene este
componente muy acentuado, y es difícil incluir su práctica en las
situaciones cotidianas (cosa que le ha hecho perder terreno frente al
sencillo cigarrillo, que se puede encender en cualquier circunstancia,
sobre todo si no estuviera prohibido nunca), y lo ideal es un club de
fumadores, una iglesia con sus peculiares olores y liturgia.
Las distintas situaciones generadoras de cierto grado de tensión,
como la antipática espera en una cola o el angustioso retraso de una
cita amorosa, la incertidumbre, la preocupación, los temores, el
rencor, todo lo desagradable puede ser un estímulo para fumar y
obtener de una forma inmediata un alivio, unos minutos de calma, un
refugio en una actividad tranquilizadora que exorciza, que aparta los
peligros como las hogueras encendidas espantan a las fieras.
Llega a
ser tan conocido el recurso al fumar para espantar todo tipo de moscas
molestas que efectivamente se establece como un recurso sistemático,
permitiendo con ello que el tabaco ocupe un lugar privilegiado en
todas nuestras actividades, formando parte de ellas como adorno,
sistema de control, garantía de que nos sientan bien, de que están
bien hechas.
La intensidad y frecuencia son esenciales para generar un hábito
que se escapa ya del propósito inicial de fumar controladamente por
placer. Un hábito tiene un aspecto interno que
es como un hambre muy aguda que tuviéramos, y alcanzando esa
categoría de necesidad primaria logra que la corteza superior del
cerebro, donde planificamos acciones inteligentes, preste todos los
recursos para satisfacer y calmar la sed de fumar (conseguir nicotina y
sustancias que se confunden con nutrientes esenciales).
El deseo
empecinado es algo biológicamente útil cuando se trata de tener una
motivación a prueba de perezas para asegurar actividades esenciales
de la sobrevivencia, pero es destructivo cuando se ceba en una
actividad secundaria (el juego, placer de fumar, efecto euforizante
del alcohol en algunas situaciones sociales) promocionándola encima
de la jerarquía de las más importantes. El sistema de valores que
regulan qué es más importante para nosotros (descanso, higiene,
comodidad, seguridad, economía) se ven alterados cuando el hábito de
fumar se instala.
Si el fumador se queda sin tabaco puede ser capaz —por más tímido y discreto que fuera
antes— pedir la limosna de un
cigarrillo al primero que pase, aunque fuera ese compañero de trabajo
que nos cae tan mal. Si son lastres de la madrugada, ¿no se podría
uno vestir e ir unos kilómetros más allá en busca de una gasolinera
o bar abiertos a esas horas? ¿Y si fuera el caso, no se podría coger
una colilla que hemos tirado a la basura o del suelo y, limpiándola
un poco, aprovecharla?
La frase del mes: "hazte responsable de tu cuerpo".